27/12/2025
Ya que hablamos de humanizar las cárceles
EL DÍA DE LOS APLAUSOS
(Texto de Guadalupe Carnero, de Arroyito, publicado con su autorización)
Suena la alarma a las 5 am, como todos los días de visita. Me preparo para ir a verte. No sé qué hacerme en el pelo, si suelto o si planchado, pero opto por hacerme un rodete y ponerme unos aros para que veas algo diferente en mí. Decidí ponerme un poco de corrector en los ojos y un poco de rímel para verme más linda. Termino de ultimar detalles: un poco de perfume, alzo mis cosas y me voy a la terminal.
Me subo al cole, voy hablando con Ale, la señora de Aimar. Hablamos de algunas cosas: el horario del colectivo, cosas de la penitenciaría, lo normal. Llegamos a nuestro destino y comienza la travesía: cuadras largas hasta llegar. Las torres y el kiosco nos dicen que estamos llegando. Las bolsas de tela llevan su buen peso; las costuras tienen miedo de no poder soportar los kilos de los tuppers de comida. Mujeres cansadas van en marcha con mucho peso en los hombros. No hablo de los tuppers, hablo de la vida, que pesa, pero que igual aguantan la carga de llevar de todo en ellas: provisiones, amor, amargura y, sobre todo, muchísima tristeza, porque no podemos hacer más nada que solo resignarnos a que la justicia se saque la venda de los ojos y vea también nuestra verdad.
Ya en el kiosco acomodamos todo, dejamos parte de nuestra identidad y nos enlistamos como soldados para entrar a la trinchera más oscura de nuestras vidas. Hablamos mientras tanto, compartimos parte del día a día, descontamos minutos para que sean las 8:30 y nos digan “pasen las visitas”. De a cuatro, de a tres, vamos pasando para que nuestro esfuerzo sea apuñalado con cuchillos y vigilado minuciosamente para evitar que se cuele lo indebido.
Al pasar a los box somos presas, tratadas a la suerte de una buena noche; todo depende de quién esté y de sus horas de sueño. Somos tratadas bien o mal. Malos ratos, pero falta menos. “Vamos, señoras”, se siente. Acarreamos bolsas, llanto y malos humores hasta la puerta donde se siente al unísono: “entra visita”. Al pasar, nos preguntan: “¿Señora, a quién visita?”. Y decimos “a fulano de tal”. “Aguarden”, se siente, y nos toca subir largos escalones, contando cada paso para que la vida nos vuelva de nuevo. “Último tirón”, dice alguna que otra alma piadosa que hace un chiste para cortar la tensión.
Llegamos a destino y ahí nos preguntan otra vez: “¿A quién visita, señora?”. Y se siente el guardia de turno repitiendo lo que nosotras decimos. “Pasen”, se siente, y solo queda esperar a que vengan. Acomodamos las mesas, las sillas. Toca acomodarnos la vida también, porque somos la conexión que hay entre lo de afuera y lo de adentro, y tenemos que estar bien, aunque no lo estemos.
Ahí estás, entrando con dos bolsas en las manos, arreglado, con corte nuevo, ojos sonrientes, pero postura triste, ansiando un buen abrazo, de esos que reinician la vida. Te veo, me ves y somos felices.
“Te extraño”, “te amo”, “qué linda te ves” son las primeras cosas que siempre me decís, y parece cliché, pero es así. Estás hermoso, y si estoy hermosa es porque puedo verte y mi corazón refleja lo bien que me siento en ese instante.
Todo es hermoso, muy lindo, limitados en muchas cosas, pero yo, por mi parte, siento libertad en verte y en saber que estás bien. Vemos reencuentros y llantos, mamás abrazando a sus hijos, abrazos interminables, lágrimas en los ojos de muchos. Duele, pero entre todos buscamos darnos aliento.
Todo parece normal por unas horas. Está todo bien. Pero un minuto que pasa es uno menos, y cada vez cuesta más ver el reloj. Llegan las 17:00 hs, suena una alarma que retumba. Alguna que otra voz susurra “pasan la lista”. Los corazones se apagan, se termina el tiempo. El día se marchita con cada tic-tac del reloj. El minutero nos roba la vida. “Sale visita”, se escucha, y nos mata. Tener que abrazarlos y despedirlos nos roba la vida, y todo vuelve al inicio. Brazos livianos porque no llevan peso; el paquete se queda con ustedes y nosotras no. Eso duele muchísimo.
Nos volvemos con tantas bolsas vacías como brazos vacíos y corazones rotos hay. “Andá, que nos van a retar”, me decís, y es un cachetazo de vuelta a la realidad. Te beso por última vez, suelto tu mano, preparo la tablita para mostrarla y me voy.
Cada paso nos duele. Esperar en el pasillo a que salga la última persona para que el guardia cierre la puerta nos deja definitivamente sin aliento. Veo a otras llorar, me conmueve y siento tristeza, pero siento que debo ser fuerte y mostrarles que hay esperanza en todo esto, aunque pese.
Este día de visita fue particular porque no sabemos bien el porqué, pero no podían amontonarse en la puerta mientras nos íbamos, no podían estirar la mano y saludar por última vez. Pero pasó algo, algo que pienso yo fue mágico: sentí palmas. ¿Palmas? Sí, aplausos. Muchísimos aplausos, de mi marido, del señor Aimar, de muchos otros más que aplaudieron para hacernos saber que, aunque no se les permita vernos cuando nos vamos, están ahí, teniendo como mejor les sale algún detalle para nosotras, sus familiares, sus amores. Porque sí, el preso también tiene detalles para los que ama: entre peluches, flores, budines y ahora aplausos, nos hacen saber el amor que nos tienen.
Nos toca irnos, nos toca consolarnos en las escaleras, nos toca secar nuestras lágrimas y volver a empezar. Bajamos sin alma, sin vida. Nos abren las puertas, se escuchan los “clic clac” de las llaves de los candados y el pasamano de la puerta metálica. Sabemos ahí que no hay vuelta atrás. Nos dicen “adelántense o háganse más allá así entran todas”, y se cierran las puertas.
El primer candado te deja sin aliento, el segundo sin ganas, y el tercero y último sin vida. Mi vida queda con vos, mi corazón se detiene ahí, en esa frase “documento, por favor” y en un “hasta luego, señora”, y muero.
Salgo, el sol me pega de frente y me hace volver a la realidad. Aunque vos te quedes ahí y aunque yo me vaya, una parte de mí se queda con vos, deseando que salgas, que Dios te cuide, que te bendiga, que este tiempo se pase rápido. Oro para que no te pase nada y para que Dios me preste la vida para que vuelvas conmigo a casa. Ese es mi deseo, y el de todas: mamás, parejas, hijas, hermanos. Los queremos fuertes, los queremos libres, sanos, bien y, sobre todo, en casa, con nosotras. Queremos la vida de nuevo. Te espero, los esperamos. Mientras tanto, cuídense, sean fuertes y valientes.